Cesárea de emergencia con bebé prematuro | Historia de embarazo y parto PARTE 2

Despidamos este mes de las madres con la parte final de mi historia de embarazo y parto.
En la primera parte les compartí mi experiencia tratando de quedar embarazada y el cómo por fin obtuve un resultado positivo.

PRIMER TRIMESTRE

Apenas tenía 4.5 semanas cuando descubrí que estaba embarazada en Julio.
Estaba que no cabía en mi cuerpo de la emoción. Mis planes de hacer un anuncio elaborado a mi esposo quedaron en nada, pues en cuanto vi que se marcó el resultado positivo en la prueba lo desperté para dejarle saber.
Y es que simplemente no podía creerlo, necesitaba que alguien compartiera la emoción conmigo y me confirmara que no estaba alucinando.
En los días siguientes realicé varias pruebas de embarazo caseras más. Y alrededor de una semana después me hice una prueba en sangre. Cuantitativa pues sabía que una cualitativa n haría nada para aplacar mi temor de que algo no andaba bien.
No me sentía diferente, no tenía ningún síntoma y eso me preocupaba, a pesar de saber racionalmente que eso era normal, que no todos tenían embarazos con sintomática florida. No eran necesarias las náuseas matutinas para estar embarazada, pero me habría tranquilizado más el tenerlas.
La prueba cuantitativa mostró un resultado adecuado, mis niveles hormonales estaban bien para las cinco semanas que ya había cumplido.
Empecé a sentirme más en calma, pero esa tranquilidad duró poco.
Justo al día siguiente de recibir ese resultado de la prueba en sangre, observé un ligero manchado.
Era mínimo, pero fue suficiente para activar todas mis alarmas nuevamente.
Pasé el fin de semana bastante nerviosa, con ese manchado intermitente, y me dije que tenía que ir al médico con urgencia.
Necesitaba ver a mi bebé.


La visita al médico confirmó mis sospechas. Tenía una amenaza de aborto, pero mi bebé estaba con vida. Era apenas un puntito de 5.6 semanas con un corazón se latía.


Empecé a tomar progesterona y me fue ordenado reposo absoluto.
Por las siguientes semanas estuve en cama casi todo el tiempo. Apenas me levantaba para ir al baño.
El manchado se detuvo para la semana 7 aproximadamente.
En la semana 8 empecé a tomar fotos de mi babybump oficialmente.
Mi nueva obsesión era que tenía que ver a mi bebé nuevamente. Tenía que escuchar su corazón ya que esto no había sido posible en la primera visita. Aunque me habían asegurado que latía, yo no había podía escucharlo.

Para la semana 9 salí a hacerme algunas de las analíticas de rutina y aproveché para realizarme una nueva ecografía. Así escuché los latidos de mi pequeña por primera vez. Además pude ver que estaba creciendo.
Con el sangrado detenido y habiendo constatado que mi bebé seguía un curso de desarrollo normal pude tranquilizarme una vez más.
Continúe con el reposo y la progesterona hasta finalizado el primer trimestre.
Fuera de peligro me dije que era hora de disfrutar mi embarazo.

SEGUNDO TRIMESTRE


En la semana 14 empecé a visitar a la obstetra que quería me acompañara por el resto de mi embarazo. A quién seleccioné por ser pro-parto y pro-lactancia, cosas que para mí eran muy importantes.
La Doctora Eva Carolina Fernandez fue un amor, exactamente lo que buscaba. Pueden morir de ternura revisando su cuenta de instagram @muchoschichis.
Este segundo trimestre vino a ser un regalo en comparación con lo estresante que fue el primero.
Seguí con el registro mensual de mi embarazo a través de fotos que tomaba mi esposo.


No estaba subiendo de peso de manera descontrolada.
Asistía a todas mis consultas y todo se desarrollaba sin contratiempos.
Me confirmaron que tendría una niña. Algo que por alguna razón yo supe desde el momento en que descubrí estaba embarazada.


Y mi pequeña, cuyo nombre teníamos desde antes de casarnos, estaba de maravilla.
Empezamos a hacer planes y preparar las cosas para su llegada, y así dimos paso al último trimestre de embarazo.

TERCER TRIMESTRE


Justo en la semana 28, iniciando el tercer trimestre, asistí a mi consulta de rutina, y descubrimos lo que había estado temiendo durante todo el embarazo. Mi presión arterial no estaba bien.
Les daré un poco de contexto: ya antes había tenido problemas con mi presión arterial, aunque nunca me habían diagnosticado hipertensión perce. Esta era una de las razones por las que era importante para mí tener a mi bebé joven, sabía que podía tener complicaciones con mi presión arterial.
Así que ahora me encontraba con que no sólo tenía preclamsia, sino que también tenía una hipertensión crónica que no había estado siendo tratada.
Empezaron las interconsultas con mi cardiólogo.
En reposo de nuevo. A tomar medicamentos y a prepararnos para un parto prematuro.
A hacerme a la idea de que las cosas no saldrían como tanto quería.
Adiós a la idea de parto natural sin anestesia. Adiós a la idea de piel con piel tan pronto naciera. Y cuanto me aterraba la idea de que la separación afectara la lactancia materna.
Me tranquilizaba un poco el haber seleccionado una pediatra para mi pequeña que también era pro-lactancia.

MI PARTO


Con una presión que seguía sin controlarse sin importar que tantos medicamentos estuviese tomando, era obvio que no podríamos llegar a termino. Y aunque intentábamos retrasar el desembarazo tanto como fuese posible, cada día era más claro que eso no podría durar mucho más.

Era mi semana 34 y asistía a mi consulta de rutina, cuando evidenciamos que mi vientre se estaba quedando un poco por debajo de lo que se esperaría para esa semana, lo que indicaba que era muy posible que la bebé no estuviese recibiendo ya los nutrientes que necesitaba para crecer como consecuencia de la elevada presión arterial.
La obstetra dijo que me realizará un estudio más y que ya fijariamos fecha para el desembarazo.
Me pidió realizarme el estudio a la mañana siguiente y llevarselo ese mismo día.
Al día siguiente, era el cumpleaños de mi hermana, y el mío estaba a sólo unos días, por lo que íbamos a hacer una pequeña celebración en su casa. Fui temprano a la clínica e hice lo que la doctora me había pedido.
Confirmamos que la bebé tenía menor peso del deseado, así que fijamos la fecha de la cesárea para la semana siguiente. Queríamos llegar al menos a la semana 35.
Se me ordenó colocarme otra dosis de la medicación para la maduración pulmonar, y ya que estos tienden a elevar la presión arterial, era necesario avisar a mi cardiólogo.
Dado que mi cardiólogo labora en el mismo centro que mi obstetra, decidí llamarle antes de abandonar el lugar para dejarle saber de los nuevos planes, en caso de que estuviese allí y quisiera verme, y así era. Me pidió subir a verle y tras revisarme me dijo: “Lo siento, pero vamos a internarte. Tú me vas a dar un susto”.
Yo en ese momento me quedé en shock.
No estaba preparada para tener a la bebé. No había ido a eso y ni siquiera estaba segura de si era eso lo que me quería decir.
Me preguntaba si me internarían para controlar mi presión y realizarían la cesárea luego o si tendría a mi bebé ese mismo día.
Mi cardiólogo fue a hablar con mi obstetra y luego contaría ella en el quirófano que este le dijo al ir a verla: “Ya”.
Cuando se suponía que estaría celebrando con familiares me encontraba teniendo a mi bebé, a la que apenas pude darle un rápido beso antes de que la llevarán a UCI neonatal.
No la conocí oficialmente hasta el día siguiente, entre tubos y cables.


Y tenía casi una semana de nacida cuando pude sostenerla en brazos por primera vez.
No era el parto que había soñado. Y creo que el día más triste de mi vida ha sido cuando tuve que abandonar la clínica y dejarla allí, porque yo estaba de alta y ella no.
El lado bueno era que sabía que estaba bien y saldría de allí, que había podido instaurar la lactancia aunque fuese a distancia y que muy pronto podría sacarla de allí.
Cuando la llevé a casa era una cosita pequeñita que no tenía siquiera cuatro libras, pero no tenía miedo, sabía que estaríamos bien.


Lo más importante: ESTÁBAMOS JUNTAS.

Mi sueño es una realidad. Soy la mamá del amor de mi vida.

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